La luz de todo ser

Lo que ocurre en las dimensiones físicas del tiempo y del espacio suele ser lo opuesto de lo que sucede en la dimensión espiritual, es decir, la conciencia que está más allá del tiempo y del espacio.

Nuestro cuerpo físico necesita consumir aire, agua y alimentos para obtener energía, crecer, desarrollar fuerza y permanecer sano. Pero, como seres espirituales, debemos compartir nuestra energía, nuestra luz, nuestro amor, para desarrollar fuerza espiritual y darle poder (energizar) a nuestro yo. Lo reconocemos cuando sentimos que la satisfacción de dar es mucho mayor que la de tomar o, incluso, la de recibir. Lo reconocemos en la liviandad que sentimos durante y después de cualquier acto bondadoso. El cuerpo necesita consumir alimentos para permanecer fuerte, mientras que el ser -tú- necesita (si podemos llamar a esto necesidad) dar de tu “yo” para permanecer fuerte, poderoso, dentro de tu “yo”.

Así que, la fuerza vital, la energía revitalizadora que todos necesitamos, es el amor. No como algo que deba adquirirse, sino como la energía invisible que está diseñada para irradiarse hacia el exterior. Entra el oxígeno, y enriquece y sostiene la salud corporal; sale el amor, y enriquece y sostiene al ser o “yo”. Así que, para el ser, para “ti”, lo más importante es dar de tu “yo” sin condición ni deseo de recibir algo a cambio.

Podríamos decir que el amor es... el oxígeno del ser. Es la esencia pura del ser que “yo/tú/nosotros” somos. Es la vibración más elevada del “yo”; del “yo” que dice “yo soy”. Es la luz de la conciencia. Es la luz de todo ser. Es la luz que nunca se apaga. Una luz que se irradia en todas direcciones a través de todas las dimensiones.

Extracto del libro:
Los 7 Mitos del ... verdadero ¡AMOR!
Un viaje desde la mente hasta el corazón del alma
Ed. Kier

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